Un fragmento de reflexión personal sobre una de mis grandes pasiones…  
 
EL ĀSĀNA NO ES UNA HAZAÑA
 
Patañjali recopiló, diseñó, ordenó, canalizó el ADN y la médula espinal del yoga. En su obra, Yoga Sutras, luego de los preceptos éticos Yama y Niyama, plantea el camino hacia la liberación del sufrimiento (en sánscrito, “dukham” que significa corazón oprimido o espacio del corazón constreñido), comenzando por el Āsāna (las posturas, el cuerpo físico).
 
Āsāna, (en sánscrito, se define como: sentarse y permanecer) y ese “sentarse” debe cumplir con los requisitos de comodidad, relajación y atención sin distracción.
 
Āsāna no es un fin en sí mismo, sin embargo, es abrumador el interés que hay entre los practicantes de yoga por dominar el cuerpo y alcanzar el modelo de las posturas de las fotos de los libros. No digo que esté bien o mal, cada uno es dueño de su vida y de su propia exploración ¿y de su cuerpo? ¿Somos “dueños” de nuestro cuerpo? Prefiero dejar preguntas abiertas a juicios de valor que sólo limitan y cierran las experiencias. La vida es pura posibilidad así que voy por las preguntas.
 
¿Qué es lo que nos lleva a querer conquistar una postura, el decir “lo logré”, el dominar la materia? Cómo fue mi proceso para llegar a mi objetivo. ¿Tuvo esfuerzo? Cómo abordé mi cuerpo, cómo lo/me traté. ¿Tuve sensaciones de expansión o de contracción? ¿Pude sostener y permanecer? ¿Pude estar calmo y presente mientras mi cuerpo se mantenía en el molde al que lo llevé? 
 
Creo que todas estas preguntas son procedentes porque de lo que estamos hablando es de yoga y en la modernidad veo una aproximación muy deportiva a una disciplina que comparte algunos principios con los de los deportes pero, en su esencia, tiene conocimientos, fórmulas y una cosmovisión cabalmente diferentes. De hecho, al igual que lo observo en los gimnasios, es muy común también ver en las clases de yoga, cuerpos sufrientes, temblando en las posturas, con alineamientos de columna vertebral que seguramente devengan en dolores, respiraciones cortas, quebradas o bloqueadas, tensiones en la cara y expresiones que claramente hablan de un grito interno que clama por el fin de la tortura!!!!
 
Esta es la foto o la película de lo que no es yoga.
¿Pueden ver la imagen? ¿Podemos registrar el horroroso trato que imponemos a nuestro cuerpo al que sometemos sistemáticamente a la exigencia de tener que producir experiencias? Como somos en un ámbito de nuestras vidas, lo somos en todos, como tratamos nuestros cuerpos y nos relacionamos con nuestra corporalidad, muestra nuestras tendencias de raíz que plasmamos en todos los ámbitos de nuestras vidas. La única posibilidad de llevar ese hecho al plano del yoga es si reflexionamos sobre nuestra conducta y la establecemos en el terreno de la no violencia (ahimsa**).
 
Es posible que pueda ser extraordinario practicar posturas; simplemente quisiera recordar, o comentar, que hay más, mucho más. Para quien esté interesado en el abordaje de este saber milenario, de esta ciencia, filosofía, hasta modo de vida para algunos, el contenedor físico es el terreno de exploración de aspectos normalmente completamente desconocidos de nosotros mismos. Una vez que “conquisto”, accedo y puedo permanecer cómodamente y en atención en una determinada postura, comienza el trabajo más refinado (y fascinante cuando le encontramos el punto): respiración consciente, visualizaciones, conducción de la energía por los canales sutiles, entonación de sonidos, gestos con ojos / lengua / manos / dedos para generar circuitos energéticos.
 
¿Y todo esto para qué?
Nos sometemos con curiosidad, suavidad, delicadeza, cariño, sin violencia (primera “ley” ineludible) al laboratorio de nosotros mismos como exploradores respetuosos e inocentes (o por lo menos esa sería una buena actitud). Cuando el cuerpo está calmo y cómodo, la respiración y la mente también, en esa quietud aparecen aspectos profundos de lo que somos y, asimismo, puede ocurrir que sintamos una profunda paz que no tiene que ver solamente con estar tranquilos; puede surgir lágrimas que vengan de una profunda sensación de gozo, de alegría no ordinaria; puede que nos rindamos a las luchas y batallas de los pensamientos y emociones aflictivas y en esa rendición también encontrar lágrimas que liberen sufrimiento, que laven las heridas dolientes y nos lleven como un río a un espacio fuera del tiempo y de la palabra.
 
Sí, todo eso, y más, puede ocurrir mientras nuestro cuerpo aborda una postura. Porque sí, es un cuerpo abordando una postura y es también un contenedor de alta tecnología operando programas sofisticadísimos. Porque es un templo sagrado de la religión de la presencia. Es por eso que si no se dan todas estas condiciones, por definición de los libros sagrados, no estaríamos practicando o estudiando yoga. 
 
El cuerpo físico puede ser una puerta y portal si y sólo si, hay una atención estable que esté presente y si tu corazón y el espacio en tu pecho se siente ligero, abierto, expandido, esponjoso, esa sería, la verdadera hazaña, ese puede ser un fabuloso estímulo, o hipótesis a confirmar, para los que sientan al yoga como un posible camino para liberarse de las ataduras, sentirse mejor consigo mismos y relacionarse con los demás de manera más funcional, útil, enriquecedora y, por sobre todo, amorosa y significativa.
 
* Patañjali. Se cree que vivió en el S V de nuestra era. A él se le atribuye la obra Yoga Sutras de Patáñjali, libro sagrado que contiene la esencia, el núcleo filosófico, cosmovisión y método del Yoga. 
 
**ahimsa, primer “precepto” dentro de la ética de la filosofía del yoga, significa no violencia en ningún nivel: palabra, acción, pensamiento. Mahatma Gandhi tomó este principio como bandera y escudo para convocar al pueblo de la India a luchar pacíficamente por la independencia del Reino Unido.