Mis estimad@s, este curso es una perla para todos los exploradores de la consciencia, los practicantes de yoga, los que están haciendo camino en el Tantra, los interesados en técnicas de relajación, los que están felices con sus vidas (para hacerlas más felices) y lo que no encuentran un sentido a su existencia. Y no puedo ser taxativa en la enumeración de destinatarios porque lo que aprenderemos y practicaremos es útil y sumamente beneficioso para todos no importa raza, credo ni procedencia ni destino…

Contenidos:

Módulos

  1. Calma apacible. Introducción a la práctica de Shamatha. Atención progresiva a tres objetos meditativos de creciente sutilidad: la respiración, el estado de presencia natural y la propia atención. Propósito: generar cualidades de relajación, quietud e intensidad mental.
  2. Discernimiento. Introducción a la práctica de Vipashyana. Aplicación de la atención al cuerpo, los sentimientos y los fenómenos mentales. Propósito: lograr una mayor comprensión acerca de la naturaleza de nuestra experiencia.
  3. Equilibrio emocional. Introducción al cultivo de las cuatro actitudes inconmensurables: Amor, compasión, alegría y ecuanimidad. Propósito: modelar nuestra sensibilidad de tal modo que podamos generar hacia nosotros mismos y hacia quienes nos rodean, de manera incondicional, un anhelo genuina felicidad.
  4. Altruismo y lucidez. Introducción al espíritu de la Iluminación. Introducción al sueño lúcido y al yoga del sueño: práctica de la vigilia y práctica nocturna. Presencia auténtica (introducción al Dzogchen). Propósito: lograr una mayor comprensión de la naturaleza última y convencional de nuestra existencia que nos permita liberar nuestra mente de la cautividad de la ignorancia.

Sobre el conferenciante

Juan Manuel Cincunegui es Licenciado y Doctor en Filosofía por la Universitat Ramon Llull de Barcelona, España. Entre 1992 y 1999 realizó Estudios Budistas en India, Nepal y Sri Lanka. Fue ordenado monje budista por S.S. Dalai Lama. Dedicó más tres años a realizar prácticas meditativas en régimen de retiro solitario en ermitas de India y Nepal. Sirvió como instructor y conferenciante en centros de Europa, Latinoamérica y Asia de la Foundation for the Preservation of the Mahayana Tradition (FPMT). Actualmente se desempeña como docente e investigador universitario. Es profesor de la Maestría en Diálogo interreligioso, Ecuménico y Cultural en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona y en  la Facultad de Psicología de la Universitat Ramon Llull-Blanquerna de Barcelona en la cual imparte la materia de Budismo.  Es profesor de Filosofía Social en la Facultad de Filosofía y Teología de San Miguel, de la Universidad del Salvador. Además de su especialización en Estudios Budistas, sus líneas de investigación incluyen la Filosofía contemporánea, la ética y la filosofía política, las teorías del sujeto y las teorías sobre la modernidad.

Metodología

El curso se ofrece en ocho encuentros de dos horas cada uno. Cada encuentro está dividido en dos sesiones de 50 minutos en las cuales se alternan las presentaciones de los diversos módulos. Durante los primeros 25 minutos se introduce la práctica propuesta para la sesión. En los siguientes 25 minutos se realiza una meditación articulada a partir de la explicación inicial. Los participantes recibirán vía internet el material explicado y la síntesis de la práctica propuesta para que puedan familiarizarse con ella. A modo de ilustración, se presenta a continuación el material del primer encuentro que contiene una explicación introductoria del programa.

 

Primera sesión

 

Introducción

El propósito de la meditación es transformar la mente. El primer paso es lograr una mente apacible.  Todos tenemos problemas. Algunos problemas son más acuciantes que otros, pero todos tenemos dificultades. La meditación debe servirnos para enfrentarnos a ellos de manera más equilibrada.

Podemos encarar el tema de la meditación desde una perspectiva religiosa. Pero es posible también entenderla práctica meditativa como algo natural, una herramienta para desarrollar buenas cualidades de la mente y el corazón.

Lo primero que vamos a hacer es abordar un tipo de meditación que nos permita “retirarnos” de la compulsiva atracción que generan en nosotros los estímulos sensoriales y la conceptualización. Sin embargo, este retiro no tiene que llevarnos a una suerte de embotamiento. Nuestra mente tiene que permanecer alerta y consciente. De este modo, el estado natural de la consciencia puede manifestarse espontáneamente.

Llamamos “estado natural de la mente” a aquel en el cual la consciencia no se encuentra afligida por memorias y pensamientos del pasado, ni por aflicciones y pensamientos respecto al futuro. La mente en su estado natural permanece en estado de neutralidad.

Este estado natural  es una suerte de ausencia, de vacío (las emociones perturbadoras y los pensamientos no nos afectan). Pero además, se trata de un estado que se caracteriza por su claridad o luminosidad subyacente. Cuando descubrimos ese vacío y esa luminosidad co-emergente empezamos a apreciar la naturaleza de la mente.

Hay otras técnicas y prácticas meditativas que vamos a explorar. Lo importante es saber combinarlas de manera adecuada, equilibrando el estudio y el aprendizaje con las prácticas contemplativas y meditativas. Nuestro camino debe ser un camino medio entre un exceso de intelectualización y un exceso de aplicación técnica que vaya en detrimento de la comprensión auténtica.

 

Programa

Un curso de meditación es como un viaje de autoconocimiento. Cada uno de los encuentros en los que vamos a participar es una parada en nuestra travesía. Las circunstancias ideales ocurren cuando los participantes poseen condiciones adecuadas para explorar los ejercicios que se proponen durante la semana. De esta manera, podrán apreciar de manera más acabada el itinerario gradual que se les ofrece. La finalidad última de estas meditaciones es el florecimiento de nuestro potencial innato a través de la conquista de nuestros hábitos internos y la realización de los recursos inherentes de nuestro cuerpo y corazón.

Durante el curso exploraremos diversas técnicas meditativas, las cuales pueden ser agrupadas en cinco grupos.

  1. shamatha (calma apacible). Estas prácticas intentan simplificar el contenido de nuestra consciencia con el propósito de reducir la fragmentación y dispersión habitual que padecemos, especialmente debido a las demandas y aceleración de la vida moderna. Para ello vamos a cultivar cualidades como la relajación, la quietud y la introspección.
  2. Vipashyana (discernimiento). Una vez hemos logrado apaciguar la mente, aplicamos la atención al discernimiento de la experiencia. Comenzamos enfocándonos en la corporalidad, las sensaciones, la consciencia y sus contenidos.
  3. La práctica de los llamados “cuatro pensamientos inconmensurables” tienen el propósito de modelar nuestra sensibilidad, ofreciéndonos ocasión de cultivar una fundación bondadosa y compasiva. Estas meditaciones son un perfecto y necesario complemente de las prácticas anteriores. Abordan un aspecto central de nuestra existencia sintiente, de nuestra existencia como seres que anhelan la felicidad y la cesación del sufrimiento.
  4. Finalmente, el yoga  del sueño, asistido por la teoría y práctica de los sueños lúcidos desarrolladas recientemente en el ámbito de la psicología occidental, y las enseñanzas introductorias del Dzogchen que exploraremos, nos permitirán constatar la naturaleza interdependiente de todos los fenómenos, al tiempo que nos ofrece herramientas conceptuales y experiencias que nos permitirán poner a prueba las hipótesis de un fundamento no material de la experiencia, hipótesis que compartan en última instancia todas las tradiciones espirituales del planeta.

 

La felicidad auténtica, fin último de la práctica meditativa

Todos los seres humanos anhelan una felicidad auténtica. Un placer y una satisfacción que trascienda los placeres que producen la estimulación transitoria. Los budistas se refieren a esta condición de genuina felicidad, mahasukha o gran gozo, en relación con la consciencia primordial. Aristóteles hablaba de la felicidad como eudaimonía, en relación con el bien humano, la virtud más completa y mejor. San Agustín hablaba del “gozo de la verdad”, un estado de bienestar que surge de la propia naturaleza de la verdad.

La vida contemporánea nos mantiene obsesionado con lo que los budistas llaman “las preocupaciones mundanas”. Estas preocupaciones ocultan el acceso a la felicidad auténtica que verdaderamente anhelamos. Lo hacen ofreciéndonos facsímiles de la felicidad. De este modo, día y noche, nuestra vida está obsesionada con la posesión de bienes materiales, el goce de estímulos placenteros, el reconocimiento de los otros y el logro de una buena reputación. Lo cual tiene como contrapartida el temor crónico a ser privado de estos bienes.

No hay nada intrínsecamente malo con estos bienes que nos esforzamos en adquirir. Sin embargo, a esta altura de nuestra vida debería ser ya evidente que no pueden por ellos mismos concedernos lo que aspiramos. La auténtica felicidad sólo puede comenzar a manifestarse cuando reconocemos que no la encontraremos entre estos objetos relativos y transitorios.

Ahora bien, hay dos maneras de aproximarse a esta cuestión de la felicidad. Un camino posible es adoptar una suerte de “psicología negativa”. Comenzamos enfocándonos en nuestras patologías, en nuestro sufrimiento. Si miramos con atención nuestra vida cotidiana, veremos que debajo de las fulguraciones de placer y las instancias de bienestar, nuestra existencia se caracteriza por toda clase de sufrimientos. Algunos de esos sufrimientos son ostensibles, mientras otros se enmascaran detrás de las experiencias de placer que siempre nos dejan, de un modo otro, insatisfechos. Sea como sea, si echamos una mirada honesta a nuestra existencia veremos que la vida humana está plagada de dificultades, que en última instancia, nuestras posesiones y nuestras relaciones más entrañables, hasta nuestro propio cuerpo está llamado a desaparecer, lo cual nos produce una enorme ansiedad. Esta aproximación es muy valiosa. Por esa razón, algunas de las prácticas que vamos a explorar durante el curso están diseñadas para alinear nuestra mirada con la realidad. Es decir, para adoptar una actitud realista frente a la vida.

Sin embargo, esta aproximación puede resultar limitada. Porque nuestro propósito es ir más allá de la mera aceptación de los problemas. Lo que nos interesa es saber y cultivar aquellas cualidades que nos permitan trascender las limitaciones de una existencia plagada de problemas y frustraciones. Por esa razón, vamos a presentar una serie de ejercicios diseñados para acceder a nuestra naturaleza primordial, la cual, de acuerdo con las enseñanzas budistas, es la fuente de una pureza y un goce innatos que se encuentra siempre a la espera de ser descubierta. Esa naturaleza última de la consciencia es conocida en las enseñanzas de Dzogchen como consciencia prístina (Rigpa). Se trata de la esencia de la consciencia antes que esta sea estructurada, distorsionada, oscurecida por los pensamientos y la emociones. En este sentido, no es algo que debamos desarrollar, sino algo que está siempre presente. Todos hemos experimentado momentos de plenitud en nuestra vida que no dependían necesariamente de estímulos externos, momentos en los cuales nuestra mente pacificada se reconocía a sí misma como fuente del más profundo bienestar. Nada especial suscitó esos momentos. La alegría surgía de nuestro propio corazón.  Esta alegría innata es el signo de la felicidad auténtica que andamos buscando.

 

 

 

 

 

 

 

Shamatha (1). Atendiendo a la respiración.

 

Beneficios de la calma apacible

El tema de hoy es la meditación en la calma apacible que utiliza como objeto la propia respiración. El propósito de esta práctica, como hemos dicho, es mejorar nuestra habilidad atencional. El punto de partida es reconocer la fragmentación, la compulsión conceptual o la laxitud de la mente. Lo que nos proponemos, en primer lugar, es alcanzar un estado de simplicidad respecto a los contenidos de la consciencia.

Los beneficios de esta práctica son numerosos. El primero, evidentemente, es mejorar nuestro desempeño atencional. Todo lo que hacemos depende de nuestra atención. Las patologías referidas a la atención se han multiplicado debido a nuestra manera de vivir. El déficit atencional y la hiperactividad son una plaga en nuestra sociedad. La solución habitual es farmacológica. Pero incluso aquellos de nosotros que no estamos diagnosticados con este tipo de patología nos vemos afectados negativamente por la intensidad de las demandas que recibimos. Esto afecta nuestra salud de muchas maneras. Por lo tanto, otro de los beneficios de la práctica de shamatha es mejorar las condiciones de la salud, además de mejorar la calidad de nuestro sueño.  Todos sabemos que otra de las epidemias de nuestra época son los trastornos relativos al sueño.

 

La práctica

 

Postura

Al comienzo, la duración de una sesión de meditación es de 24 minutos. Hay tres posturas que podemos adoptar: (1) con las piernas cruzadas, en sus diversas variantes; (2) sentados en una silla; o (3) recostados en la posición de yoga conocida como “savâsana”. Sea cual sea la postura que elijamos, lo importante es mantener la columna erguida, para permitir que la respiración fluya sin obstáculos. Los ojos permanecen abiertos o entreabiertos, mirando al especio frente a nosotros, la cabeza inclinada unos cuarenta y cinco grados.

La sesión de meditación está dividida en tres partes:

–               Motivación

–               La práctica en sí

–               La dedicación de méritos

Motivación

Al comienzo generamos una motivación lo más comprensiva y extensa que nos sea posible. En nuestro caso, podemos verbalizarla del siguiente modo: “Voy a realizar esta sesión de meditación con el propósito de lograr mayor equilibrio psicológico y emocional”. Podemos extender la motivación pensando: “Voy a realizar la sesión para liberarme de los pensamientos compulsivos y las emociones perturbadores que me tienen aprisionado.” Finalmente: “Reconociendo la naturaleza interdependiente e interconectada de mi existencia, voy a realizar esta práctica para que la misma sea beneficiosa para todas las personas”.

Establecer una motivación adecuada es muy importante. El beneficio de la práctica es concomitante con la motivación que establezcamos. Si la extensión de nuestro propósito es limitado, el resultado será limitado. En cambio, si el propósito de nuestra práctica es extenso, los frutos serán inconmensurables. La motivación altruista es la auténtica motivación espiritual.

 

La práctica en sí

En esta práctica vamos a cultivar tres cualidades: (1) relajación; (2) quietud; y (3) vigilancia.

Comenzamos realizando tres profundas respiraciones, llevando el aire al abdomen y luego a los pulmones, como si estuviéramos llenando una botella con agua. A continuación llevamos la atención al cuerpo. Chequeamos la postura. Disolvemos las tensiones que pudieran manifestarse. Nos aseguramos que el rostro se encuentre relajado.

Luego nos enfocamos en la respiración. Adoptamos una actitud no manipulativa frente a la misma. Constatamos su irregularidad. Hay inhalaciones y exhalaciones largas, otras cortas, etc. En la primera fase observamos la totalidad del circuito de la respiración. En cierto modo, sentimos de qué modo respira todo el cuerpo. Llevamos la relajación corporal a la mente.  Soltamos todas las preocupaciones, pensamientos sobre el pasado y expectativas. Estamos presentes en el aquí y ahora. En la segunda fase, atendemos al modo en el cual la respiración se experimenta en el abdomen. De esta manera, generamos mayor estabilidad. En la tercera fase, llevamos la atención a la sensación táctil que se produce con el pasaje de la respiración en la apertura de la nariz o en la parte superior del labio.

Mantenemos una actitud de quietud y vigilancia. La quietud se refiere a la inmovilidad del cuerpo y de la mente. Ejercitamos vigilancia con el propósito de eludir la excitación y la laxitud, los dos enemigos fundamentales de la meditación.

Debido a los hábitos, los pensamientos van a aparecer. Vemos como surgen, pasan y desaparecen. Debido a los hábitos los pensamientos van a aparecer. Vemos como surgen, pasan y desaparecen. No nos involucramos ni reaccionamos emocionalmente ante los mismos.

Atender significa mantener continuidad en la memoria del objeto elegido. El tipo de consciencia que cultivamos es una atención desnuda, es decir, un testimonio simple, sin análisis de ningún tipo ni elaboración alguna. La introspección o vigilancia es intermitente. Monitoreamos nuestro estado mental, la postura corporal y el surgimiento eventual de tensiones. Todo esto se realiza de manera relajada.

Si la mente está revuelta, podemos aplicar una práctica provisional de conteo, lo cual mejorará la estabilidad y la precisión de la práctica.

 

Dedicación

En primer lugar, dedicamos el esfuerzo de la práctica al logro de nuestra aspiración básica: el logro de un auténtico estado de salud mental y emocional.

Esta aspiración es importante. Pero a medida que avanzamos en nuestro desarrollo iremos comprendiendo la profunda interconexión que tenemos con otros seres humanos, otros seres vivientes y nuestro entorno. Los budistas creen que la noción de un individuo independiente y aislado, un ego autónomo, es una fantasía.

Esto nos lleva a la idea de que nuestra práctica espiritual no puede ser una búsqueda individualista de satisfacción o felicidad. A lo que aspiramos es a la felicidad de todos nosotros. Una felicidad sin exclusión. Por lo tanto, aunque estamos dando los primeros pasos, es bueno habituar nuestra mente con una motivación altruista.

 

Los cuatro pensamientos inconmensurables (1): Amor.

 

(1)

Las prácticas de Shamatha (calma apacible) y Vipashyana (discernimiento) que iremos explorando a lo largo del curso tienen como objetivo lograr un estado de serenidad e inteligencia respecto a nuestra experiencia individual. Algunas personas creen que estas cualidades son suficientes. Sin embargo, comprobamos que estos logros pueden estar mezclados con actitudes de indiferencia respecto a los sufrimientos de otras personas, colectividades o clases. Esto es un impedimento a nuestro desarrollo espiritual.

Las enseñanzas budistas enfatizan que el camino a la Iluminación consiste en el desarrollo de dos aspectos: La sabiduría y la compasión. La sabiduría sin compasión acaba siendo una forma de esclavitud. Del mismo modo, una compasión sin sabiduría no puede resultar en una auténtica emancipación.

Por lo tanto, el camino espiritual consiste en:

  1. Des-ocultar la pureza, la luminosidad y el gozo innato de la consciencia
  2. Al tiempo que cultivamos las cualidades positivas del corazón y de la mente que expresamos en nuestra conducta cotidiana.

Los cuatro pensamientos inconmensurables a los que vamos a atender en este módulo son: el amor, la compasión, la alegría y la ecuanimidad.

 

(2)

Recordemos que es posible distinguir dos formas de felicidad:

  1. La felicidad auténtica.
  2. Los facsímiles de la felicidad.

Llamamos facsímiles de la felicidad a las ocasiones de felicidad, satisfacción o realización que surgen en dependencia de la ocurrencia de causas y condiciones, muchas veces ajenas a nuestra voluntad. Se trata de felicidades que surgen en dependencia de los estímulos sensoriales o mentales.

La felicidad auténtica, por el contrario, surge de lo más profundo de nuestra interioridad. No depende de los estímulos objetivos para manifestarse, ni de las circunstancias fortuitas para tener lugar. El punto de partida es una mente abierta, amorosa y compasiva, en la cual la felicidad surge espontáneamente.

 

(3)

En sánscrito, la palabra maitri significa amor. Apunta a la aspiración profunda a que todas las personas puedan experimentar la felicidad y las causas de la felicidad.

Dalai lama no ha dejado de repetir desde su primera visita a Occidente a comienzos de la década del ‘70 que “todos los seres quieren ser felices y no quieren sufrir”. Muchas tradiciones espirituales consideran que la búsqueda de la auténtica felicidad es el sentido último de la vida.

El problema se vuelve interesante, sin embargo, cuando nos preguntamos: ¿En qué consiste la felicidad?

1)             Lo primero es asegurarnos que las necesidades básicas estén cubiertas. Hablar de la felicidad de las personas sin tomar en consideración sus circunstancias materiales básicas (las cuales incluyen la salud, la educación y la seguridad) es un despropósito. Por lo tanto, estos son elementos básicos por los cuales es preciso esforzarse colectivamente con una intención no caritativa sino emancipadora.

2)             Ahora bien, una vez hemos satisfecho o asegurado nuestra supervivencia, nuestro afán de felicidad nos arrastra a una multitud de experiencias mundanas que prometen darnos lo que buscamos. Como ya indicamos en su momento, los budistas organizan estas experiencias bajo el rubro de “preocupaciones mundanas”:

  • El anhelo de adquisiciones materiales; y la aversión a la pobreza.
  • El anhelo a experimentar placeres; y la aversión al sufrimiento y la incomodidad.
  • El anhelo de recibir reconocimiento; y la aversión al ridículo o rechazo.
  • El anhelo de recibir respeto (fama); y la aversión a la indiferencia.

Todos sabemos a esta altura que aquellas personas que conceden una importancia primaria al consumo, a la acumulación de bienes, etc., es decir, aquellas personas que utilizan la mayor parte de su tiempo pensando en el dinero y en el valor monetario de las cosas, tienden a tratar a otras personas como “cosas”, como meros recursos. Lo mismo ocurre con aquellos que conceden importancia decisiva a los estímulos sensoriales o intelectuales para experimentar placer, o los que se encuentran obsesionados con el reconocimiento y el respeto de los otros.

3)             Los budistas distinguen una vida dedicada a los “emblemas” de la felicidad, eso que llamamos “facsímiles” de la felicidad y una vida dedicada a la “auténtica” felicidad. Aristóteles distinguía entre una vida dedicada a la “buena vida” y otra dedicada a la “vida buena”. Ambos proyectos están motivados por el mismo anhelo, la aspiración innata de todas las personas a ser felices. Sólo que, en un caso, los esfuerzos y empeños realizados resultan en frustración y fracaso para el individuo y, la mayor parte de las veces, en un extenso daño a otras personas que son utilizadas como mero recurso para lograr nuestros designios.

Por supuesto, esto ha sido siempre así. En todas las épocas históricas podemos distinguir entre una vida dedicada a la mera producción y reproducción, a la búsqueda de reconocimiento, placer y honra, y la vida buena dedicada al bien común y al espíritu, para llamarlo de algún modo. En este sentido, nuestra época no se distingue de otras, excepto, quizá, debido a la intensidad del ocultamiento y la promoción de falsas alternativas. Los medios de comunicación, entre los cuales se encuentra la industria publicitaria, bombardean sin tregua nuestra conciencia para promover el consumo de bienes y servicios. El presupuesto ideológico de fondo es que si nos esforzamos y somos más eficientes, seremos más capaces de lograr la felicidad que buscamos, que es proporcional a la capacidad de consumo que poseemos.

No cabe la menor duda que el aparato mediático es efectivo. La mayor parte de los individuos en nuestras sociedades no creen que el logro de la felicidad dependa de una actitud adecuada a una manera de entender la vida que tome en consideración algo más que materialmente nos aqueja y estimula. Lo único que nos queda es el consumo, la dominación, el prestigio, el éxito laboral, como caminos hacia la autorrealización.

¿Cuál es el problema? Que los bienes en los que confiamos para darle sentido a nuestras vidas no son suficientes ni conducen necesariamente a ella. Muchas personas exitosas acaban sus vidas reconociendo que han vivido vidas miserables, mientras otros que no han tenido las ventajas de una vida acomodada, han logrado articular una “vida buena”.

El Budismo, de manera semejante a lo que ocurre con el Cristianismo, nos ofrece una interpretación de la realidad y promueve una ética, que se da de narices continuamente con el “espíritu” de nuestro tiempo.  Por esa razón, lo primero que nos toca hacer es asegurarnos que nuestra práctica no sea utilizada exclusivamente para la persecución de nuestra felicidad mundana. Si sólo nos interesa la relajación, por ejemplo, o una mente atenta para ser más eficientes en nuestro trabajo, o nos sumamos a la última “espiritualidad” de moda para ganar amigos, nuestra actividad no pasa de ser una “alternativa” entre otras posibilidades mundanas que podrían suplantarla: una sesión de spa, un buen masaje, un viaje vacacional, una película o un buen libro que disfrutamos con una copa de vino. Lo mismo podemos decir de nuestras actividades caritativas. Si se trata únicamente de cambiar de aires o adherir a nuestro currículo una nota de color, la práctica espiritual no dará resultados.

En contraposición, los budistas ponen las actividades mundanas al servicio de la espiritualidad. De este modo, la respuesta budista al consumismo imperante es cultivar satisfacción con aquello que resulta imprescindible o adecuado para poder continuar con nuestra práctica espiritual.

¿Cómo determinamos que es lo necesario o adecuado? Para ello tenemos que sentarnos a meditar con el fin de descubrir cuáles son nuestras auténticas aspiraciones. Por esa razón, comenzamos intentando imaginar lo que creemos que es la felicidad. Si cerramos los ojos e intentamos visualizar lo que buscamos, ¿qué nos imaginamos? ¿Qué se nos viene a la mente? ¿Alguna de las imágenes con las cuales nos bombardea la industria para incentivar nuestras necesidades y consumos? ¿Qué significa una “vida buena”? ¿Qué imaginamos que es vivir y morir dignamente? Pero, además, tenemos que investigar si hay algo más allá de esta vida de lo que tengamos que preocuparnos y decidir si lo que hacemos en esta vida tiene relevancia para nuestro futuro a largo plazo.

Como decía, la práctica del amor es el anhelo o aspiración a que las personas sean felices. Nosotros mismos somos personas. Por lo tanto, el primer destinatario del amor somos nosotros mismos. Comenzamos reflexionando en lo que verdaderamente buscamos. En cierto sentido, intuimos de qué se trata, de otro modo no estaríamos aquí. Sabemos que la felicidad no tiene que ver únicamente con lo que nos pasa “ahí fuera”. Tiene que ver también con lo que nos pasa aquí dentro. Sabemos que necesitamos relajarnos, ganar estabilidad en nuestra mente, simplificar nuestra experiencia. Nos sentimos muchas veces fragmentados, dispersos, atormentados por las emociones negativas y los pensamientos compulsivos, las memorias y las anticipaciones que inundan nuestro presente. Sabemos que estamos confundidos en muchos sentidos, que necesitamos una mayor comprensión acerca de nuestra experiencia, una relación más inteligente con nuestro cuerpo, con nuestras emociones, y con todo ese cúmulo de eventos que transitan a través de nuestra mente determinando nuestra existencia. Pero además, sabemos que tenemos el corazón cerrado, que queremos una vida de amor, de alegría, de confianza frente a los otros, porque estamos cansados de nuestra rabia, de nuestras envidias, de nuestro pesimismo y cinismo crónico, de nuestros temores y paranoicas. Finalmente, queremos saber quiénes somos, de qué se trata la vida, qué tenemos que hacer con este tiempo precioso que aun nos resta, y qué es lo que podemos esperar del futuro.

Aquí la palabra “amor”, entonces, no es un sentimiento, como el apego, sino una aspiración sentida, comprometida, a que podamos encontrar respuestas, a que podamos realizarnos como seres humanos, a que podamos compartir con el mundo nuestra vida. Pero no sería verdaderamente amor si nuestro deseo fuera egoísta y excluyente. Por esa razón, el amor del que hablamos es inconmensurable, se irradia en todas direcciones, hacia todos los seres. Sea que estos aparezcan como amigos, o nos resulten circunstancialmente indiferentes, o enemigos. Todos ellos quieren ser felices y no quieren sufrir. Si se embarcan en proyectos destructivos, nos dice el Budismo, es debido a la ignorancia y a las emociones y pensamientos negativos que son incapaces de controlar y transformar. Por lo tanto, también deseamos la felicidad para ellos, que encuentren su camino de realización.

 

PRÁCTICA

Comenzamos la sesión realizando las prácticas preliminares. Establecemos la motivación del modo más extenso y comprensivo que nos sea posible. Respiramos profundamente tres veces llevando el aire al abdomen y luego al diafragma y los pulmones, como si estuviéramos llenando una botella. Luego atendemos a la respiración, sin manipularla en modo alguno, para establecer la mente en un estado de relajación, quietud y vigilancia. Abandonamos los pensamientos respecto al pasado y al futuro para enfocarnos exclusivamente en el momento presente.

 

Meditación analítica.

Comenzamos reflexionando sobre la felicidad que buscamos. Analizamos si las cuestiones referidas a la prosperidad material, al placer, al reconocimiento y la reputación nos son suficientes. Si no es así, nos preguntamos: ¿Qué es lo que verdaderamente buscamos? Exploramos en nuestra memoria ilustraciones de cosas que concebimos equivocadamente como capaces de darnos la satisfacción auténtica que buscábamos

Para el budismo, el anhelo de felicidad no es banal. Por lo tanto, tenemos que preguntarnos qué necesitamos para conseguir nuestro anhelo, qué cambios tenemos que producir en nuestra vida. Conscientes de la preciosa oportunidad que tenemos a nuestra disposición para pensar en estos asuntos y reorganizar nuestras vidas para cumplir con nuestra aspiración.

Enfocándonos en nosotros mismos generamos “amor”, aspirando a realizar nuestros más profundos anhelos. Para los budistas, como para los cristianos, la solución consiste en volcarnos hacia nuestra interior, hacia el reino de los cielos dentro nuestro o la naturaleza búdica, donde vamos a encontrar la alegría, compasión y sabiduría que buscamos.

Imaginamos esa naturaleza búdica como una perla de luz en el centro de nuestro corazón. Imaginamos que desde esa semilla lumínica se irradian rayos de luz que llenan todo nuestro cuerpo, llenando cada célula de nuestro cuerpo con su resplandor. Esta semilla y los rayos de luz que proyecta representan simbólicamente la felicidad que buscamos. Pensamos: “Que pueda lograr una verdadera felicidad, que pueda cultivar las causas de la felicidad. Que logre bienestar y felicidad.”

Expandimos esa luz hacia el mundo, sin omitir a nadie, pensando que llegamos a todos esos seres en las diez direcciones llenándolos de alegría y promoviendo en ellos el cultivo de las causas de felicidad. Comenzando pensando en nuestros seres queridos, nuestros conocidos, pero luego extendemos el amor hacia las personas ante las que actualmente sentimos indiferencia, personas de diferentes edades, géneros, razas, nacionalidades, etc. Finalmente incluimos a las personas que nos generan aversión. En los tres casos, una vez que hemos comprendido el anhelo profundo de felicidad que guía a todos ellos, independientemente de la relación circunstancial que tienen con nosotros en la actualidad, pensamos: “Que estas personas logren la felicidad y sus causas”. Extendemos este sentimiento a todos las personas y seres vivientes hasta los confines del universo.

Acabamos con dedicando la meditación de la manera más extensa y comprensiva que nos sea posible.

 

 

La organización:

Compartiremos 8 encuentros los lunes, de 2 hs (de 20:15 a 22:15 hs) y si a alguno no pudieses asistir, podrás recuperarlo en algún curso futuro ya que se haga a lo largo del año. Seremos un grupo de alrededor de 20 personas.

Comenzamos el lunes 13 de Mayo y terminaremos el 1 de Julio. Los encuentros se llevarán a cabo en CasaCorp, Jufré 970, timbre 1 (entre Thames y Uriarte) en Palermo.

Si estás interesad@ escribime a lauronco@gmail.com.

El grupo es abierto, pueden invitar a amig@s, familiares o cualquier persona a las que crean que pueda interesarle o pueda necesitarlo. No hace falta experiencia previa.

Un cálido saludo y estamos en contacto,

Lau